La naturaleza es sabia y funciona por ciclos. Hay periodos de actividad y periodos de descanso. Sin estos momentos de letargia, no hay energía para proporcionar abundancia.

La naturaleza es sabia y nos dotó de inteligencia para poder copiar su funcionamiento y hacernos independientes. Nuestros ancestros observaron los ciclos naturales y comprendieron que para sobrevivir debíamos respetar los ritmos que nos marcaba la Tierra. La primavera es la estación del despertar después del letargo hivernal, de activar las energías y prepararnos para la explosión de abundancia del verano. A la despreocupación del estío le sigue el trabajo del otoño, donde debemos hacer acopio del máximo de recursos para prepararnos para la escasez del invierno.

La naturaleza es sabia y todas las culturas instauraron periodos de ayuno y recogimiento al final del invierno para llevar a cabo una limpieza y depuración del organismo, que nos permitiera llegar al periodo de actividad con el máximo de energía.

La naturaleza es sabia, pero los humanos no tanto. Utilizamos nuestra inteligencia para considerarnos superiores. Nuestro hedonismo nos hizo preferir la satisfacción inmediata a la supervivencia a largo plazo. El tiempo de descanso y recogimiento pasó a ser visto como tiempo de escasez, y lo tomamos como un castigo que debíamos evitar. Y pretendimos estar activos 24 horas al día, 365 días al año, durante lustros, décadas, siglos, sin dar a la Tierra el descanso que necesitaba.

La naturaleza es sabia y nos dejó hacer, como una madre deja jugar a sus cachorros. A pesar de que sus juegos puedan ser dañinos. Les deja explorar, equivocarse, aprender de sus errores. Observa divertida sus experimentos, sus intentos de diferenciarse de sus orígenes, de independizarse. Hasta que dice basta.

La naturaleza es sabia y puede enmendar nuestros errores. Ya se ha cansado de vernos jugar y nos está indicando lo que debemos hacer. Queríamos estar activos permanentemente y nos demuestra que podemos paralizar nuestra economía por un bien mayor. Vivíamos de puertas afuera, y nos invita a quedarnos en casa, en íntimo contacto con los seres que, en teoría, más queremos. Amábamos los excesos y nos hace valorar la belleza de lo simple.

La naturaleza es sabia y nos ofrece la oportunidad de decidir nuestro futuro. Podemos aprovechar este tiempo para descubrir lo que realmente deseamos, y crear nuevas rutinas diarias que nos lleven a conseguirlo. O podemos seguir centrados en el beneficio inmediato, en pretender tenerlo todo sin renunciar a nada, en ser superiores, en no aprender nada nuevo.

La naturaleza es sabia, y actuará en consecuencia.


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